Me es grato compartir con ustedes, como si estuviéramos reunidos en torno a la mesa familiar, una historia que mezcla fe, arte y un toque de orgullo argentino.
Hace poco, mientras hojeaba las páginas de «Esperanza», la autobiografía del Papa Francisco, me topé con un pasaje que me llenó de emoción y que no pude dejar de contarles. Allí, entre reflexiones profundas y recuerdos de su vida, el Santo Padre dedica un párrafo especial a Haydée Dabusti, nuestra querida soprano italo-argentina, un honor que muy pocas personas en el mundo pueden jactarse de recibir con nombre y apellido de parte de tan ilustre figura.
Imagina la escena: en los días en que era cardenal de Buenos Aires, nuestro Francisco —sí, ese que todos sentimos cercano— invitaba con frecuencia a Dabusti a llenar de música la catedral o a deleitar con conciertos que resonaban en el corazón de la ciudad. En su propio relato, él lo cuenta así:
«Debo a mi madre el amor por la lírica, que me ha acompañado a lo largo de toda la vida, y siendo cardenal de Buenos Aires invité a menudo a la gran soprano Haydée Dabusti, considerada la Callas argentina, a cantar en la misa de la catedral o a dar conciertos; adoro a Bellini, a Verdi y desde luego a Puccini…, y, no obstante, considero un pasaje de su obra maestra, Turandot, el falseamiento por antonomasia de la esperanza, que no es en absoluto «un fantasma» que «cada noche nace y cada día muere» y que por eso «siempre defraudada», como se canta en respuesta al primero de los tres enigmas»» (Rom 8, 35-37).
Es como si, al escribir esas líneas, el Papa nos estuviera invitando a su infancia, donde la lírica entró por la mano de su madre, y luego a sus años como cardenal, cuando la voz de Dabusti —a quien él apoda con cariño «la Callas argentina»— se convirtió en un puente entre lo sagrado y lo terrenal. Este pasaje no solo celebra el talento inmenso de Haydée, sino que también nos deja ver cómo la música, para Francisco, es un reflejo de la esperanza cristiana, esa certeza invencible que él defiende frente al desencanto que evoca la ópera Turandot.
En nuestra familia de lectores, no podemos evitar sentirnos orgullosos. Haydée Dabusti, con su trayectoria marcada por luchas y superación, es un ejemplo vivo de lo que significa seguir adelante, como decía Almafuerte con su «sempre avanti». Esta mujer, que ha enfrentado dolores y desafíos, ha conquistado escenarios internacionales y ahora, ¡hasta las páginas de la autobiografía papal! Su voz, poderosa y emotiva, ha tocado almas en iglesias y teatros, y ahora resuena en las palabras de Francisco, quien la inmortaliza como un símbolo de perseverancia.
Así que, como en una charla de sobremesa, les digo: ¡brava, Haydée! Hasta el Papa, con su pluma y su corazón, ha querido rendirle homenaje, recordándonos el poder transformador del arte y la fuerza de una mujer que, con su canto, ha dejado huella en el mundo y en la historia de un hombre que hoy guía a millones. Esta es una de esas historias que guardamos con orgullo, como un tesoro familiar que trasciende generaciones.
Fuente: Sergio Sosa Battaglia / By Battaglia